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miércoles, 18 de febrero de 2015

Ezequiel 37: 10 Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo.




Ezequiel 37: 10 Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo.

Esta visión profética de Ezequiel, la del valle de los huesos secos era para el pueblo de Israel, era para restaurar al pueblo elegido, un pueblo que se sentía como huesos secos a causa de su cautiverio.
Más de uno pensará que tiene que ver esta visión hoy en día, pero me sirve para hoy expresar con comparaciones lo que quiero decir desde mi limitado conocimiento, quiero hoy humildemente expresar mi sentir.

Cuantas veces nos sentimos como se sentía el pueblo de Israel en esa época?
Esparcidos, cautivos, lejos de su tierra prometida.
Entró Espíritu en ellos, se recompusieron y se alzaron formando un enorme ejército. Esto es lo que quiere Dios de nosotros, de Su Iglesia, que seamos un ejército lleno de su Espíritu, un ejército de pie y no un montón de huesos andantes, un ejército dispuesto a todo por El, un ejército unido para seguir adelante ayudándonos entre nosotros y aceptando sin distinción a los que quieran unirse en nuestro camino.
Todo lo que intento decir hoy es que no nos rindamos, ni como persona individual ni como parte del Cristianismo, que pidamos siempre la guía del Espíritu, que no confiemos ya ni en nosotros ni en el hombre, solo en Dios y en su Espíritu, que ya no somos uno, que formamos parte de su cuerpo y por y para El debemos seguir conforme a su voluntad, pues así El lo pide.
Recuerdo cuando era del mundo, practicaba artes marciales y ahora a veces recuerdo los entrenamientos, a veces los combates…..y hoy en día me sirve todo eso que hice para recordar que en cualquier cuadrilátero o tatami, no arrojemos la toalla solo por recibir los primeros golpes, así nunca consigues la victoria, vuelve a tu esquina y escucha a tu entrenador, estamos preparados para encajar o esquivar los golpes, para eso nuestro entrenador nos ha preparado, el nos dará la táctica a seguir para superar al adversario.
Como Cristianos tenemos el mundo como tatami, el Espíritu como entrenador personal y un único objetivo como victoria, acercarnos cada día más al Padre; Amarle sobre todo y amar a nuestro prójimo.
Huesos secos, sin carne, sin sangre, solo huesos, así nos sentimos muchas veces a causa de problemas, necesidades, ataques, tentaciones, pecados……
Nuestro orgullo de hombres no nos deja ver que tenemos que acudir al Padre siempre, que solo El nos puede ayudar, consolar, reconfortar.
Debemos aparcar este orgullo en la cuneta, dejarlo ahí y seguir nuestro camino, debemos hablar en oración con nuestro Padre, volvernos a rendir ante El, confiar todavía más en su poder, en su Amor para con nosotros.
Darle siempre gracias por todo lo que nos sucede, no solo darlas cuando algo sale bien, todo tiene su propósito y su fin, si ahora estas mal es por que debes estarlo, no te rindas pues seguro que lo bueno que tiene que venir no puedes ni imaginarlo, no dejes secar tu cuerpo hasta convertirlo en huesos secos, no dejes escapar la ayuda del Espíritu, confía en El.

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